Sobre sus primeras lecturas, la influencia de los adultos y la temprana aparición de su vocación literaria, hablamos con la escritora argentina en su paso por Chile. También de su literatura infantil y la experiencia trabajando con niños en una biblioteca.

Por María José Ferrada

 

Cuando Valeria Tentoni tenía once años publicó su primer cuento en la sección infantil de un periódico de Bahía Blanca. Fue una sorpresa para ella, pero sobre todo para sus padres que no sabían que, tomando prestada la máquina de escribir de su padre, no solo había escrito el cuento sino que además lo había llevado al buzón de las oficinas del periódico. “Era un cuento de ciencia ficción, bastante inspirado en el patito feo, que se llamaba La gallina azul”, cuenta la escritora argentina que en marzo estuvo en Chile para recibir el premio del Concurso Latinoamericano de cuentos Marta Brunet y presentar Pirámide, su nuevo libro de poesía. 

A propósito de ese primer cuento, ¿recuerdas tus primeras lecturas?

Sí, recuerdo que mi mamá me leía y también que teníamos una caja de libros. De hecho recuperé esa caja y la guardo: ediciones breves de los clásicos, con tapas duras. Y un libro que atesoro especialmente de las canciones de María Elena Walsh.  

¿Cómo fue tu reacción cuando viste La gallina azul en el periódico?

Le dediqué a mi mamá el ejemplar que llegó a casa. No sé de dónde había sacado yo que los escritores firmaban sus libros. No había escritores o escritoras cerca mío, pero tuve una vocación muy temprana, que a los siete años puse por escrito. Teníamos un cuaderno de lecturas en la escuela. Leíamos y luego respondíamos preguntas y hacíamos algo parecido a una reseña. En un cuento sobre un mago, nos preguntaban si nos gustaría ser magos de mayores. Yo respondí: no, porque seré escritora.

¿Nunca dudaste?

Dudé y estudié derecho. Me imaginaba un futuro con la literatura como pasatiempo, pero no como forma de ganarme la vida. No conocía a nadie que se dedicara a la escritura. Para mí los escritores estaban muertos o vivían muy lejos de mi ciudad. Hoy es distinto, pero hace veinte años había que atravesar todo un océano para defender una vocación de este tipo, que tampoco es tan fácil defender ante una misma, porque es una vocación incierta, en la que estás sola.

¿Cuándo supiste que además de los libros existía la literatura?

Lo supe temprano pero lo asociaba a una cosa de varones. Señores de traje, que veía en la televisión y que decían cosas muy serias. Yo quería ser escritora, pero no quería ser ese tipo de señor. Tampoco ayudaba el programa de literatura de la escuela que era muy desangelado y masculino. Porque hay que pensar que de niñas nosotras leíamos escritores varones, entonces era muy difícil identificarte y sentir que tú también podías.

Créditos: Valeria Tentoni.

¿Cómo supiste que podías?

Bueno estaba mi madre, que me leía, pero también tuve la suerte de tener dos profesoras que me motivaron. La primera fue la de primaria que al leer que yo quería ser escritora y no mago, me puso una nota que decía: ¡Muy bien! Y la segunda fue una maestra de secundaria que nos hacía clases de una materia que se llamaba Cultura. Nos hablaba de Duchamp, de las vanguardias y de cosas que resultaban mucho más interesantes para la mente inquieta de una adolescente que las clases de literatura, donde leíamos el Cantar de Mio Cid. Yo tenía catorce años y comenzaba a descubrir a Nietzsche, a Hermann Hesse y a todos esos autores que nos hacen enojarnos con el mundo. Yo era adolescente y ya estaba enojada, pero encontré en ellos argumento para enojarme mejor. Los leía en clase, por debajo del pupitre. Y esta profesora en lugar de castigarme, me pidió prestado el libro.

Quiso entablar un diálogo contigo.

Yo lo interpreté así y fue importante, porque me sentí respetada. Hasta hoy pienso lo poderoso que puede ser un adulto frente a un niño o una niña a la que ni siquiera conoce bien. No sé qué tan conscientes somos de eso. A mí el gesto de mi profesora me marcó.

Y hablando de adultos que marcan el camino, también estaba mi abuela que tenía libros en un aparador en la cocina. Cerca de los platos y las tazas, había libros de una colección barata, llamada Robin Hood: Mujercitas, Corazón. Esos libros tenían el lugar de algo doméstico, que estaba a la mano y que se podía ensuciar. Estaban junto al juego de damas, el juego de ajedrez, eran parte de los juguetes de la tarde.

¿Fuiste a alguna biblioteca cuando eras niña?

Sí, era socia de una biblioteca popular, para la que después trabajé. En Argentina tenemos un sistema de bibliotecas bien especial, bibliotecas que se mantienen por una parte con fondos estatales y por otra, con cuotas económicas que pagan los socios. Funcionan como centros barriales: hay talleres, cursos. Cuando era niña iba y me sentía especial, como era un edificio antiguo, me parecía parte de una realeza extraña. Luego, trabajé ahí, en la sección de los niños.

¿Son distintos los lectores adultos y los lectores niños?

Ojalá pudiéramos ser niños lectores toda la vida. No hay trampa en sus reacciones, no hay cálculo y solo puedes convencerlos con la obra.  Del tiempo en que trabajé en la biblioteca, recuerdo a padres y madres intentando darles libros con valores, y a los niños y niñas, pidiéndome otras cosas, en secreto. Mi trabajo consistía en leerles y una vez que me aceptaban como mediadora, teníamos mucha complicidad.  Y es que el niño te tiene que aceptar como mediador y, si no lo hace, de alguna manera te lo hará saber. El adulto se tapa la boca para bostezar, el niño no. Y es duro, porque los adultos ya no estamos acostumbrados a ese nivel de sinceridad.

¿Son difíciles como lectores?

Son más difíciles, pero también el premio es más grande, porque no es que una vuelva a ser niña, lamentablemente eso no se puede, pero de alguna manera participas en ese club secreto que tienen los niños a nuestras espaldas, un club lleno de libertad, terror y cosas que no se pueden explicar muy bien. Uno entra en ese espacio, por un rato, y hay algo que se serena, como si en tu cabeza y tu cuerpo, algo esencial hubiera permanecido, a pesar del paso del tiempo.

 

¿Esos lectores inspiraron Viaje al fondo del río?

Sí, escribí ese libro para niños y viene otro en camino. Tardé mucho en publicarlo, porque le tengo respeto a esos lectores y te diría que hasta me resultan un poco intimidantes. Pero fue muy bonito, porque fuimos a leer a una biblioteca popular que queda en una isla en el Delta del Tigre, en las afueras de Buenos Aires. La biblioteca está en una lancha y los niños llegan en canoa a pedir sus libros…

¿Tu primer libro para adultos, Batalla sonora, lo publicaste en Chile?

Sí, en una editorial de Rancagua: Manual ediciones. Tenía amigos chilenos, poetas, que me animaron. Chile ha sido siempre importante para mí.

Y ahora eres la primera escritora que recibe el premio Marta Brunet, que da la Universidad de Chile. ¿Qué significa ese premio para ti?

Es un premio que, como todo premio, no solo es reconocimiento. Es una instancia de encuentro, un viaje, y en mi caso, el conocimiento de una nueva escritora. Porque es increíble, pero no se conoce a Marta Brunet en Argentina. Es otro de esos casos de mujeres talentosísimas, que en su tiempo tuvieron que pasar por validaciones masculinas. Leí que un crítico que no creía que sus textos los hubiera escrito una mujer.

También se le dijo, como cumplido, que escribía como hombre…

Claro. Son mujeres que no recibieron la crítica que merecían, no se las cruzó con otras escritoras. Tenemos toda una biblioteca de varones cruzada, sabemos quién influenció a quien, pero eso no se hizo con las mujeres. Entonces el premio me parece también una responsabilidad que con mucha alegría tomo: hablar de Brunet acá en Argentina.  También de Bombal. Leerlas, pero no por deber, sino porque de verdad escribieron  buenos libros.

¿Sigue siendo más difícil para las mujeres escribir?

Es lo que dijo Virginia Woolf: hay un cansancio de la mujer cuando se sienta a escribir. Y a eso suma que vivimos en una época muy empobrecida. Las personas somos pobres a unos niveles que ni siquiera nos damos cuenta. Para sobrevivir debemos trabajar muchísimas horas y hacer muchas cosas distintas. El oficio de escritor es precario y eso te puede llevar a una especie de docilidad que en la mayoría de los casos responde a una necesidad. Una mujer, como decía Woolf necesita una habitación y dinero para escribir y eso en la mayoría de los casos no está. Yo no tengo esa seguridad y tampoco la tenía una escritora como Brunet.

Además de ser escritora trabajas en Eterna Cadencia, entrevistando a escritores y tu nuevo libro de no ficción, El color favorito, habla de eso. ¿Qué te han enseñado las entrevistas?

A construir con preguntas. Y creo que puede venir de la poesía, que te entrega ese no esperar respuestas. Es una especie de deseducación, porque se nos enseña todo el tiempo a responder. Y a mí me gusta escuchar, me siento mucho más cómoda escuchando que hablando.

¿Se le piden muchas respuestas a los escritores?

Creo que se le pide a todo mucho. Que vivimos en una época de grandes desesperaciones, en que las personas no sabemos dónde pedir lo que necesitamos. Es como si se hubiera roto el pacto con el mundo como sistema de provisiones, como si de pronto fuera un almacén vacío que no nos da nada de lo que queremos. La literatura entra también en esa dinámica. Y el problema es que esperar que un libro nos tranquilice, nos enseñe a tomar posiciones o que reafirme lo que pensamos es peligroso, porque nos acerca al totalitarismo. El arte siempre ha sido un lugar para explorar lo bello y lo horroroso, un espacio de libertad que recuerda las alas de una polilla. Si las tocas mucho las arruinas. Los libros moralmente ajustadísimos a su época me parecen aburridísimos, además.  

¿Crees que un escritor deba ser, además de buen escritor, una buena persona?

Me enfurece esa exigencia. Eso se le puede exigir a un amigo y el escritor no es tu amigo, es un desconocido que no tiene por qué caerte bien. Cuando se espera de quien escribe algo más que el trabajo mismo creo que se confunden las cosas. Quien escribe no debe ser mejor ni peor que nadie. Y es que hay una cierta confusión de la crítica que resulta muy morbosa en su lectura, anti literaria  y hasta ofensiva. Esa lectura no toma en cuenta que no solo en la escritura hay componentes autobiográficos, también los hay en cualquier lectura. La persona que lee llega al libro con su vida, con su morbo, con su miedo. Nos olvidamos muy fácil de la autoría que hay en la lectura y en las interpretaciones.

En 2022, Valeria Tentoni recibió el premio de cuentos Marta Brunet que entrega la Universidad de Chile. Créditos: El Pez Espiral.

¿Simplificamos el acto de leer?

Sí, se piensa libro es una cosa muy simple. Pero el libro es un objeto complejo que pide un montón de cosas. Hay dos fuerzas que interactúan: escritor y lector. Y para leer poesía, por ejemplo, necesitas silencio, tranquilidad, tiempo. Hay una epifanía que el poema a veces entrega, pero que no es automática, todo lo contrario. El poema se te puede revelar horas, días o años, después de haberlo leído. Y para eso necesitas cierta disposición. Liberarte del ruido, también en un sentido simbólico, porque leer cientos de libros al mes también puede resultar muy ruidoso.

¿A qué lecturas vuelves?

A Trilce de César Vallejo, siempre que vuelvo y me sorprende la libertad que tiene. A Héctor Viel Temperley; a La corrupción de la naranja, de Darío Cantón; a los poemas de Juana Bignozzi, a Irene Gruss. También a ese libro de canciones de María Elena Walsh, que leía de niña, porque hay algo de esa simpleza que me gustaría entender.