Azul: una metáfora para hablar del abuso infantil

Noviembre 18, 2016 Por VivaLeer

Conversamos con la ilustradora, Marcela Paz Peña, sobre su primer libro y cómo llegó a trabajar con José Andrés Murillo, uno de los denunciantes del sacerdote Fernando Karadima. Por Germán Gautier.

Después de haber sufrido un abuso lo peor que le puede pasar a un niño es la indiferencia de su entorno. Azul es la historia de un niño héroe que después de una caída vuelve a confiar. Conversamos con la ilustradora, Marcela Paz Peña, sobre su primer libro y cómo llegó a trabajar con José Andrés Murillo, uno de los denunciantes del sacerdote Fernando Karadima. Por Germán Gautier.

Cuatro años tenía Marcela Paz Peña Rojas (30) cuando el Estado de Chile ratificó la Convención sobre los Derechos del niño y la niña. Sabía hablar, pero no caía en cuenta que su nombre estaba tan íntimamente ligado a las letras. “Mi papá me puso Marcela Paz por la escritora y yo me sentía con la obligación de leerme todos los Papelucho”, cuenta Marcela.

Leyó con entusiasmo Papelucho en la clínica (1958), Papelucho y el marciano (1968) y Mi hermano hippie, por Papelucho (1971). Leyó esos y otros que no recuerda, pero no se convirtió en Marcela Paz; se convirtió en ilustradora. Y al igual que Esther Hunneus, cuando practica su oficio, emplea un seudónimo. Se llama Isonauta. La pueden buscar en Twitter o Instagram. Lleva años ilustrando y Azul es su primer libro.

Portada de Azul.

Es un álbum ilustrado que nos dice que Chile no ha cumplido con la Convención que firmó el 14 de agosto de 1990. Si lo hubiera hecho es probable que el libro no existiera. Y existe porque tanto quien lo escribe, José Andrés Murillo, como quien lo ilustra, Marcela Paz Peña, han vivido en primera persona el abuso sexual. Y ambos se han ocupado, desde distintos ámbitos, que aquello no siga ocurriendo.

El problema es que sigue ocurriendo.

Y con más frecuencia de la que imaginamos.

Un tema no feliz

El 2014 Marcela decidió cursar el Diplomado en Ilustración de la Universidad Católica. Una de sus tutoras fue la editora de Confín Ediciones, Jennifer King, quien la encausó a tomar un tema de trabajo. La idea era que cada alumno lo manejara con propiedad, lo haya vivido o le diera la suficiente curiosidad para explorarlo durante varios meses. Desde el comienzo fue una complicación porque el abuso sexual, el tema que eligió Marcela, lo conocía desde los 12 años, pero no era un tema “feliz”.

Dos años antes el Doctor en Filosofía y Ciencias Políticas, José Andrés Murillo, ya había publicado Confianza lúcida (Uqbar), un libro donde describe con una mirada filosófica su forma de enfrentar el abuso. Su nombre está grabado a fuego en la sociedad chilena porque fue una de las víctimas que denunció los delitos sexuales cometidos por el sacerdote Fernando Karadima. Después de un largo proceso, tanto la justicia ordinaria como eclesiástica, declaró culpable al cura de la Parroquia El Bosque. “Es raro, pero me siento feliz de que Karadima haya sido la oportunidad para levantar la bandera de lucha contra los abusos en nuestro país, y no sólo en lo sexual”, aseguró Murillo en una entrevista.

Marcela Paz Peña y José Andrés Murillo. Foto: Lorena Palavecino.

En una de esas decisiones que marcan ciertos caminos, Marcela llegó el mismo 2014 a la Fundación para la Confianza, una organización sin fines de lucro que levantó José Andrés para prevenir el abuso y el maltrato infantil y apoyar a las personas que lo han sufrido durante su infancia. Lo hizo para participar de los talleres de mutua ayuda, donde se reunían periódicamente alrededor de 10 personas víctimas de abuso junto con dos moderadores especialistas en la materia.

“En el taller se abren muchas historias fuertes, cada historia más intensa que la otra. Y yo empecé a quedarme con todas ellas, me estaban llenando de emociones que tenía que dejar en algún lugar”, dice Marcela.

Al pensar en unir el taller con el diplomado a Marcela le brotó una contradicción. Si uno era un proceso personal, íntimo, relatado a no más de un par de personas, lo otro era un proyecto que iba a generar exposición. Claro: “Si yo trabajaba esta línea algo se iba a destapar en mí. Era como salir del closet del abuso”.

Marcela y José Andrés lo conversaron. Él le contó que siempre había querido hacer un libro ilustrado, y quedaron en que cada uno iba a esbozar una historia: por un lado nació un cuento y por otro una maqueta, cuyas ilustraciones fueron en su mayoría en tonos azules y grafito. Esos fueron los albores de Azul.

La venda y la mordaza

En un fondo ocre se lee la palabra “azul” en manuscrita. Los ojos evidentemente desproporcionados del niño y su mirada esquiva entrega ya en la portada luces de lo que será el relato. Es pura metáfora, partiendo por las guardas azuladas que muestran a un ave y un conejo dormidos en el corazón de dos dientes de león. Con la metáfora el libro logra interpelar a un niño de 5 años, pero también a una madre, a un profesor o a una bibliotecaria. El libro, en su dureza soterrada, acusa a una sociedad entera que aún trae una venda en los ojos y una mordaza en la boca. A través del arte de la imagen y de la palabra es testimonio, es denuncia.

Y ese es un tópico que no todas las editoriales están dispuestas a mostrar. Penguin Random House Chile lo hizo aun con un sello como Lumen que no se caracteriza por explorar y desarrollar la literatura infantil. De hecho, a Marcela se lo advirtieron: “Cuando comentaba mi proyecto a los distintos ilustradores que íbamos conociendo en este diplomado me decían que era difícil y que no necesariamente una editorial chilena iba a creer en él. Ya tenía una piedra grande encima”.

La edición general pasó por las manos de la editora y directora de Penguin, Andrea Viu, y los textos, en particular, fueron revisados por Claudio Aguilera, especialista en libros ilustrados. Entre todos estuvieron de acuerdo en no hablar del abuso sexual de forma literal en la historia. Esas palabras no existen. Sí están, en cambio, “caer”, “daño”, “triste”, “acompañó”, “recuperé”.

Recién al final del libro, en un colofón, se lee: “El abuso sexual se perpetúa en lo oscuro del silencio, en el secreto, en la prohibición de hablar. Romper el silencio, desarticular el abuso, solo es posible en un espacio donde el miedo se sustituya por la confianza”.

La piedra angular

En Azul abunda la fauna: hay perros, conejos, pájaros, peces. Pero también moscas. Es un recurso que surgió en un taller con el ilustrador mexicano Gabriel Pacheco para representar lo lúgubre y asqueroso. No es el único referente visual que saca a relucir Marcela en su ópera prima. En el uso del grafito hay algo de Brian Selznick (La invención de Hugo Cabret) y el simbolismo de los cuerpos infantiles remiten a Jaime de cristal (Javier Aramburu con Gianni Rodari).

Foto: Radio Paula

Ya está dicho: Azul es un libro que abre nuevas rutas para reflexionar. No es el único. Al mismo tiempo que circula por librerías y bibliotecas, también lo está haciendo No abuses de este libro (Ediciones B), de Natalia Silva (23). Es una novela gráfica que narra la historia de Tina, una niña de 13 años que es abusada sexualmente por su padrastro, y debe recurrir a la heroína Súper Chuleta para sobrellevar esos agrios momentos. Estas son, quizás, los únicos libros infantiles chilenos que abordan el tema del abuso. Y no es casual que ambas autoras sean mujeres y jóvenes.

– ¿Cómo te paras socialmente como autora con un libro como Azul?

– Hay algunas personas que te preguntan con un poco de morbo sobre la historia personal, pero otros ven que esto tiene una trascendencia. Si bien la inspiración está en una historia o la de varios, finalmente es una situación que vive mucha gente. En Chile hay muchas personas que han pasado por un abuso y siguen sin reconocerlo. ¿Qué estamos haciendo para que esto se siga perpetuando? Y el silencio que nombramos en Azul es una piedra angular. Si lo podemos conversar entre adultos, si lo podemos conversar con los niños desde la educación, habrá un avance. Hay que quitarle poder al tabú, al miedo y hacernos cargo de entregar confianza a los niños.

– ¿Has leídos este libro con niños?

– Tengo tres sobrinos de 3, 5 y 10 años. El más chico veía monos, como les dice. El del medio notaba que el niño se caía, preguntaba por qué lo pasa mal o por qué hay moscas. Quería saber cómo el conejo iba a saltar sobre los perros. El niño para él era un pequeño súper héroe. Mi sobrino grande entendía el contexto, como una caída fuerte en la vida. Para nosotros como familia es un ejercicio duro hablar sobre algo que callamos por muchos años.

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