Los cuentos del conejo han viajado por el tiempo y el mapa para recordar, a quien quiera escucharlos, que con astucia y desobediencia es posible burlar a los animales grandes, sobrevivir, e incluso conseguir un par de zanahorias. María José Ferrada, desde una biblioteca en Múnich, sigue las huellas de un camino que comienza en África y termina en la Luna.

Por María José Ferrada

Durante tres meses estuve en una biblioteca alemana especializada en literatura infantil ―Internationale Jugendbibliothek de Múnich― leyendo cuentos de animales de la tradición oral latinoamericana. Mi estudio no era académico, sino exploratorio y consistía básicamente en leer hasta hacerme una idea de qué animales eran los que hablaban y qué era lo que decían.

Cada investigador tenía su especialidad ―libros pop up, libros de ogros, libros de piratas― y también la amabilidad de avisarle al otro cada vez que encontraba algo sobre su tema. Gracias a ellos y a las recomendaciones que me dieron en la biblioteca, en un par de semanas monté sobre mi escritorio una especie de selva: jaguares, ciervos, pecaríes, zorros, murciélagos y culebras, solo por nombrar algunos, contaban cosas interesantísimas: por qué llueve, por qué el tucán no bebe agua del río, por qué se mueve el sol.

Se trata de historias que han necesitado todo el tiempo del mundo para formarse ―sueños del inconsciente colectivo, según Jung― y que por lo mismo, para ser contadas, necesitan de un ritmo parecido al de la voz. No es fácil dar cuenta de ellas por escrito así que me limitaré a hablar de un animal que, en el contexto de esa búsqueda, comenzó a aparecer cada vez más seguido en mi escritorio. Me refiero al conejo o tío Conejo, como lo llaman, imagino en señal de un tierno respeto, en los cuentos que protagoniza y que aparecen, con la naturalidad del maíz, en la tradición oral de México, Centroamérica, Haití y Venezuela.

 

Ilustración de Miguel Castro para “Conejo agricultor”. Gobierno del Estado de Michoacán, 1987.

El argumento, en la mayoría de los casos, es simple: Tío Conejo se mete en algún lío ―líos de conejos como robar en un huerto o molestar a los animales vecinos― y tiene todas las de perder, pero sale ganando. Porque no es fuerte, pero sí astuto. Y con astucia, parece decirnos desde la madriguera a la que siempre logra volver, en este huerto ―que es el mundo― incluso los débiles, se las pueden arreglar. Y es que el conejo, así como los niños que escuchan la historia, sabe que el huerto es grande y está lleno de peligros, pero no está dispuesto a darse por vencido. Incluso va un paso más allá ―un salto, en su caso― y decide reírse de los poderosos de su mundo: animales con garras y colmillos, la dueña del huerto, el cazador.

Las entradas dedicadas a él en los diccionarios folclóricos decían que su historia era antigua. Las primeras huellas, aparecieron en Asia, específicamente en textos budistas, pero habría sido en África donde hizo su debut como trickster o tramposo. Los esclavos, en su tránsito desde África a Estados Unidos, habrían llevado con ellos el cuento del conejo. Las historias, que se contaban en las noches de las plantaciones de algodón, no estaban dedicadas a los niños, sino a toda la comunidad africana y eran entendidas como una descripción alegórica de cómo los esclavos eran capaces de burlar a sus dueños blancos.

El americano Joel Chandler Harris realizó a inicios del siglo XX, la primera recolección de los cuentos del conejo ―conocido en ellas como Beer Rabit―.  En el prólogo de Tío Remus ―nombre de este conjunto de cuentos― el editor advierte: “(estas historias) no son como las de Esopo o Perrault, fábulas con moraleja, sino más bien exaltaciones del triunfo del débil, gracias a sus habilidades contra la fatalidad del poder y no siempre por su moralidad: al igual que en los cuentos de los hermanos Grimm, algunas veces asoma en ellos una sorprendente crueldad”.

A estas alturas el conejo ―o su arquetipo― merece el examen de un buen especialista. Así que el mismo Jung se encarga del tema. El trickster, dice, sería una compensación frente a las altas exigencias que el hombre debe pagar si quiere domesticarse a sí mismo y ser funcional para la sociedad. Tío Conejo, con sus trucos, nos hablaría de la resistencia del inconsciente frente a los desafíos del desarrollo moral. Una tensión en la psique entre el bien y el mal, que cualquier ser humano, pero que sobre todo los niños, conocen muy bien.

 

Ilustración de Vicky Sempere para “El Conejo y el Mapurite”. Ediciones Ekaré, Venezuela, 1980.

El conejo, inquieto como es, continúa su viaje por el mapa. Así, en 1920 lo encontramos asomando sus orejas en diez de los veintitrés relatos que recoge Los cuentos de mi Tía Panchita, un clásico de la literatura de Costa Rica. En estos cuentos, se expresa con toda la riqueza del habla campesina, nombrando la flora, la fauna y algo que le interesa muchísimo: la comida del lugar.

Varias décadas más tarde, aparece en un cuento titulado Un güegüe me contó, que explica la creación del pueblo nicaragüense. Esta vez el conejo es el encargado de sacar el maíz del interior de una montaña y entregárselo a los hombres que, gracias a este regalo, conocen la agricultura y pasan de ser nómades a sedentarios. Especialmente interesante es un diálogo entre el Tío Conejo y el Tío Coyote que observan cómo el ser humano, al conocer el concepto de propiedad, propio de las sociedades sedentarias, se vuelve codicioso. Tío Conejo le dice a Tío Coyote: “creo que la cagamos”. La expresión que no parece apropiada para un cuento para niños sirve para demostrar que el Tío Conejo, fiel a su arquetipo, tampoco respeta las reglas de los libros para niños, que lo han adoptado como personaje.

En el universo del conejo, tampoco los dioses parecen merecer un trato especial. Un cuento guajiro, titulado El Conejo y el Mapurite, el mapurite es un curandero que se dirige de un pueblo a otro, para curar a un enfermo. En el camino se le aparece Tío Conejo y le pide tabaco. El mapurite se lo da y un poco más allá, el conejo, aprovechándose de que el mapurite es un poco ciego, se vuelve a aparecer, haciéndose pasar por otro conejo y pidiéndole más tabaco. La situación se repite hasta que el mapurite pierde todo lo que lleva y llega con las manos ―o patas― vacías a casa del enfermo. Sería un cuento más, si no fuera porque el tabaco en las culturas indígenas americanas, es un elemento necesario para que el chamán pueda conectarse con los espíritus. En otras palabras, el conejo, no contento con faltar el respeto a los poderes terrenales, tampoco respeta los poderes del más allá.

Un cuento de origen mexicano explica cómo nuestro amigo, para escapar del coyote, un día sube a un árbol que lo lleva directamente a la luna. Otro relato, también de origen mexicano, cuenta que el conejo es el encargado de las fases lunares y, por lo tanto, un valioso ayudante de las fuerzas que mueven la vida.

Me pregunto si esta cercanía con los dioses explica la sobrevivencia de estos cuentos durante tantos siglos. Cuentos folclóricos ―muchas veces considerados como literatura de segunda o tercera categoría― que ponen a los niños en contacto con la fuerza de su propia especie que, en un movimiento inconsciente, ha conservado el conocimientos y las advertencias que la humanidad considera importantes. En el caso del conejo el recuerdo de que, con astucia y desobediencia, podemos reírnos de los grandes animales que quieren asustarnos. E incluso robarles una que otra zanahoria.

 

Ilustración de David Álvarez para “Noche antigua”. Fondo de Cultura Económica, México, 2017.